La historia es conocida: tras su viaje de cinco años a bordo del Beagle —un bergantín de la Marina Real británica— con el objetivo de cartografiar las costas de Sudamérica, el naturalista inglés Charles Darwin concibió en el siglo XIX una de las teorías más importantes de la ciencia. Luego de la expedición, se convenció de lo que en su época se conocía como la transmutación de las especies, es decir, la idea de que las especies pueden evolucionar. Solo le faltaba explicar el mecanismo.

En octubre de 1838, la lectura casual de un libro sobre demografía le dio una clave. En Ensayo sobre el principio de la población (1789), el economista inglés Thomas Robert Malthus afirmaba que los humanos se multiplican más rápido de lo que lo hacen sus recursos alimentarios. Darwin aplicó esta deducción al mundo animal y vegetal: si hay muchas especies y cada una tiene una capacidad acelerada de crecimiento, existe una lucha por la supervivencia en un entorno con recursos escasos. Esto lo llevó a postular su teoría de la evolución por selección natural. Si bien logró establecer un consenso científico en torno a la evolución luego de publicar veintiún años después su célebre libro El origen de las especies (1859), el mecanismo de selección natural recién fue aceptado en la década de 1940, con el desarrollo de la teoría sintética de la evolución, un modelo que integró el hallazgo de Darwin con los mecanismos genéticos.

¿Por qué habría sido tan difícil de asimilar?, se pregunta el paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould en Desde Darwin (1977). «El mayor obstáculo para su aceptación no se encuentra en la existencia de dificultad científica alguna, sino más bien en el contenido filosófico radical del mensaje de Darwin, en su desafío a toda una serie de actitudes occidentales muy enraizadas que no estamos todavía dispuestos a abandonar». Entre otros motivos, Gould apuntaba a que Darwin habría aplicado una filosofía materialista en su interpretación de la naturaleza, incompatible con la idea de una divinidad. Por eso cree que la evolución por selección natural «sigue siendo ampliamente malinterpretada, se cita con errores y se aplica mal».

Hoy, en pleno siglo XXI, hay quienes comparten este diagnóstico. Uno de ellos es Guillaume Lecointre, profesor del Departamento de Sistemática y Evolución del Museo Nacional de Historia Natural de Francia y doctor de la Universidad Paris Diderot, que en 2015 publicó ¿Descendemos (realmente) de Darwin?, reeditado en Chile por Editorial Universitaria (2022). En él repasa los aportes del científico inglés y explica por qué, a su juicio, aún no somos suficientemente darwinistas. «Disponemos de la selección natural como posible explicación de regularidades biológicas en todos los niveles de organización, pero no la utilizamos», afirma Lecointre, quien en el libro también defiende la idea de que los seres vivos no siguen un programa o un plan de organización dictado por la ‘información genética’, como se creía en el siglo XX.  De paso, explora los avances en la biología actual a partir del principio unificador de la selección natural, un mecanismo que, según él, es más una fuente de regularidades que una explicación sobre el cambio de las especies. Por eso el título de la famosa obra de Darwin habla de «preservación» y no de «transmutación», «evolución» o «cambio».

—Mi libro nació de la brecha existente entre la forma en que enseñamos la evolución y los avances científicos recientes —explica Lecointre—. Sobre todo, porque estos avances suponen una vuelta a un Darwin original. En primer lugar, reintroduzco la idea de que la selección natural explica la estabilidad a corto plazo (si el entorno no cambia), a diferencia de lo que se enseña en el colegio, donde aprendemos que esta explica el cambio, principalmente. En segundo lugar, pongo énfasis en que la idea de especie es una convención, no una realidad material. Es un nombre puesto a una hipótesis de linaje genealógico coherente.

¿Cuáles son los esencialismos e ideologías basadas en una mala lectura de Darwin que su libro contribuye a desmontar?

—El esencialismo de Linneo (naturalista y científico sueco, considerado padre de la taxonomía moderna) niega la importancia de la variación dentro de la especie. La especie ha sido creada por la mano de Dios. La evolución no puede concebirse en este marco, pero sigue estando presente en la cultura general, sobre todo en la religiosa. No debe sorprendernos que los más conservadores rechacen a Darwin y la evolución. El realismo de las especies de Ernst Mayr (zoólogo y biólogo alemán, conocido por su contribución a la teoría sintética de la evolución), por ejemplo, ha seguido creando dificultades. Mayr era partidario de una visión de la especie en tiempo instantáneo, en el presente. Y ahí tenemos la ilusión de que las especies son reales: las gatas no tienen crías con los perros. Pero no podemos entender la vida sin su historia a largo plazo. Si tenemos en cuenta el largo plazo, la especie parece convencional. En un pasado lejano, el linaje del perro y el del gato acaban fusionándose. El antepasado común no se parecía ni a un gato ni a un perro actuales. Tenemos que decidir qué nombre darle y a partir de qué momento. Es entonces cuando la especie se nos aparece como una convención, lo que libera a la naturaleza de nuestros esquemas de pensamiento.

La biología del siglo XXI es capaz de reconocer la evolución por selección natural en todos los niveles de la organización biológica, desde los genes y las células, hasta las conductas, por ejemplo. ¿Qué implicancias tiene este cambio de paradigma para nuestra comprensión del mundo y de lo vivo? ¿En función de qué principio podríamos decir que un organismo está vivo?

—La biología moderna avanza hacia una «síntesis evolutiva ampliada» en la que la evolución ya no se centra en los genes, sino en los organismos. Los genes no son «controladores», sino socios, compañeros. El entorno interviene en su expresión. Ya no son los «notarios” de la transmisión a la siguiente generación, de la que no tienen el monopolio. Transmitimos mucho más que genes: un citoplasma materno, marcas epigenéticas, comportamientos y un entorno. El desarrollo embrionario no es el despliegue de un «programa», sino una construcción aventurera. Los genes ya no tienen el monopolio de la causalidad en biología. Una entidad está viva si sigue el principio de la selección natural; es decir, si sus individuos varían unos de otros, en un mundo en el que existen limitaciones. Según este principio, los virus forman parte del mundo vivo.

El azar, según Sigmund Freud, es digno de determinar nuestro destino. Sin embargo, usted afirma que tanto por razones prácticas como metafísicas se ha preferido la percepción de un orden antes que el desorden, por eso los biólogos hablan de un «gen maestro» o de un «programa genético» para explicar las regularidades biológicas. ¿De qué manera estas convenciones pueden obstruir nuestro juicio? ¿Qué papel cumple el azar y el entorno en los genes, las células, las conductas?

—Debemos volver a la razón de ser de la biología. En física y química examinamos entidades que no están individualizadas. Un electrón no tiene nombre: es un ‘universal’. Un electrón no tiene historia. Los electrones no varían entre sí. Por consiguiente, en la física y la química existen leyes que dan cuenta de un orden que no se ve entorpecido por la historia y sus caprichos. El orden es una causa y se describe mediante leyes. En biología, es todo lo contrario. Las entidades se individúan, tu gato o tu árbol pueden tener un nombre de pila. Las entidades tienen una historia. Los individuos biológicos varían entre sí: no hay dos seres biológicos idénticos. Varían por azar, en desorden, porque son complejos. La biología debe partir del desorden de la variación para explicar el orden, la regularidad y la funcionalidad. A partir del desorden de la variación fortuita, la selección natural explica por qué los individuos de una misma especie se parecen más o menos, y por qué son funcionales: los que no lo fueron están muertos. En todos los niveles en que interviene la variación fortuita, el de los genes, el de las células, el de los individuos de una especie, el orden no es una causa explicativa, es lo que el biólogo debe explicar. En biología no hay leyes, porque los caprichos de la historia hacen que cada individuo sea único. En el siglo pasado, nuestra comprensión de la biología se vio contaminada por la cibernética, la ciencia de la transmisión de órdenes. Las metáforas de «programa genético», «gen maestro», «gen arquitecto», cierta noción de la «información genética», etcétera, negaban a la pareja azar/selección.

¿Por qué el reduccionismo genético es una idea tan extendida? ¿Qué le diría a quienes pretenden explicar comportamientos humanos basándose en la acción de los genes?

—El llamado reduccionismo genético es la creencia de que todo lo que muestra un organismo (color del pelaje, número de dientes, dieta, comportamiento, tradiciones, incluso culturas) puede explicarse por la acción de los genes. Y esto no es cierto. Para entender de dónde viene la confusión, debemos distinguir entre reduccionismo constitutivo y reduccionismo explicativo. El reduccionismo constitutivo consiste en suponer que las entidades de un determinado nivel están formadas por las partes de los niveles inferiores y, por tanto, dependen de ellas. El estado mental depende del estado de las neuronas que constituyen el sistema nervioso central. La prueba de ello es que si una persona ingiere una sustancia neurotóxica, como el alcohol, su estado mental cambia. El reduccionismo explicativo consiste en postular que las propiedades de las entidades de un determinado nivel pueden explicarse y comprenderse únicamente a partir de las propiedades de las entidades de nivel inferior. Consistiría, por ejemplo, en afirmar que el estado mental llamado amor podría explicarse enteramente por el estado químico de las neuronas. Dadas las herramientas y los conocimientos disponibles, esta afirmación se consideraría abusiva, aun sabiendo perfectamente que el estado de amor depende efectivamente de las sustancias. En ciencia, el reduccionismo constitutivo es obvio, pero no siempre puede conducir a un reduccionismo explicativo.

¿Por qué?

—Cuando las entidades de un determinado nivel se integran entre sí, su coordinación hace aflorar nuevas propiedades que solo pueden explicarse por el conjunto, y no por ninguna de las partes individuales. Por decirlo de una manera sencilla y clásica, las propiedades del todo son más que la suma de las propiedades de las partes que lo componen. Esta es una de las razones (pero no la única) por las que existen las disciplinas científicas: se construyen en torno a teorías adaptadas al nivel de observación de la realidad en el que se sitúan. La emergencia explica por qué la economía y la sociología no pueden reducirse a la psicología, por qué la psicología no puede reducirse a la biología: en resumen, las relaciones y los comportamientos económicos y sociales no pueden explicarse enteramente por el control de los genes. La sociobiología de los años setenta aplicada al ser humano fue muy criticada, sobre todo por su reduccionismo genético, en la era de la omnipotencia explicativa conferida a los genes. Como a los humanos nos resultan cómodas las causas únicas, tenemos una tendencia natural al reduccionismo.

Una medicina darwiniana

Hasta hace poco la selección natural no era considerada como una fuente de regularidades biológicas. Para explicar por qué los individuos permanecen iguales a sí mismos aun cuando sus células cambian y por qué comparten rasgos con miembros de su misma especie estables en el tiempo, se recurría a la metáfora del «programa genético».

En campos como la medicina, la fisiología, la biología molecular o la bioquímica no era utilizado el mecanismo de selección natural para comprender esta noción de permanencia en el cambio. «En el último tercio del siglo XX, las universidades seguían enseñando que todas las células de un organismo tenían el mismo “programa”, e incluso la misma “información genética”», ha advertido Lecointre en otras ocasiones. Sin embargo, hoy es sabido que las células muestran variaciones genéticas en un mismo cuerpo biológico. Las características de heredabilidad y variabilidad, intrínsecamente atribuidas a la especie, son ahora compartidas por las células, por tanto, estas también tienen la capacidad natural de ser seleccionadas. La selección natural entra así en el cuerpo, lo que tendría repercusiones considerables a la hora de entender enfermedades como los tumores cancerosos.

—En primer lugar, es importante saber que un tumor canceroso tiene una variabilidad genética considerable, mayor que toda la diversidad somática de cualquier otra parte del cuerpo —explica el científico francés—. Antes pensábamos que para curar a un paciente había que erradicar las células tumorales proliferativas —es decir, las que crecen o se multiplican—. De ahí las estrategias agresivas contra el cáncer que administraban regularmente tratamientos fuertes. En algunas ocasiones, esto provocaba un brote de metástasis que mataba al paciente. Las mutaciones se producen constantemente y todos somos portadores de alelos que pueden favorecer el cáncer. Las condiciones ambientales que provocan cáncer no causan tanto estas «mutaciones», más bien actúan cambiando el filtro selectivo que rige el equilibrio entre nuestras variantes celulares somáticas. Y es este cambio el que puede revelar, en cierto modo, un comportamiento proliferativo.

—¿Cómo cambia, entonces, la forma en que se entiende el cáncer?

—Lo que se creía que era la consecuencia (la proliferación) no es más que un estado por defecto, y lo que se creía que era la causa (la presencia de una mutación conductora en un gen) no es más que una predisposición que puede canalizarse, pero que no se canaliza en presencia de una inestabilidad selectiva o de un déficit de diálogo celular —entendiendo que las comunicación entre las células en un organismo pluricelular es fundamental para su funcionamiento—, o porque cambia el entorno químico de las células. Al intentar erradicar las células tumorales, no se restablece ni el diálogo ni el equilibrio selectivo, los que regulan el potencial proliferativo de las células, como ocurre con las especies en un ecosistema.

¿Qué repercusiones debería tener esto en el tratamiento del cáncer?

—Las buenas terapias no deberían basarse en la erradicación, sino en la biología evolutiva: la erradicación conduce en última instancia a un tumor incontrolable porque está formado únicamente por células quimiorresistentes, mientras que la terapia evolutiva, la llamada «terapia adaptativa», conduce a un tumor estabilizado en el que coexisten células quimiosensibles con células quimiorresistentes. Así pues, las terapias contra el cáncer se verán profundamente replanteadas gracias a la introducción de la selección natural como principio de comprensión de los fenómenos de un organismo.

Fuente: José Núñez / Palabra Pública / U. de Chile.